martes, 19 de febrero de 2008

Historia



En 1898, H. Cecil Booth, un joven inventor lleno de ambiciones, asistió a una demostración de un americano que presentaba una nueva máquina “extractora de polvo”. El aparato consistente en una caja metálica, provista de una bolsa de aire comprimido proyectaba aire sobre la alfombra. El polvo y la suciedad que levantaba caían dentro de la caja. Buena parte del polvo no se introducía en la caja y volvía a depositarse en la alfombra.

Durante varios días, Booth pensó en la succión. Comprendió entonces que el secreto consistía en encontrar el filtro adecuado, que permitiera el paso del aire pero retuviera el polvo. Con sus experimentos comprobó que el polvo parecía retenerlo adecuadamente un pañuelo de trama espesa. En 1901 patentó su aspiradora de polvo.

El primer aparato comercializado era enorme, de tamaño de un refrigerador moderno, con su bomba, su cámara de polvo, su motor y una carretilla para transportarlo. Para accionar la aspiradora, un hombre dirigía la carretilla mientras otro se ocupaba de la larga y flexible manguera. Y cuando más tarde se construyeron los primeros modelos para el hogar, todavía se necesitaban dos personas para manejarlos, generalmente el ama de casa y una hija.

Uno de los primeros encargos que recibió Booth fue limpiar con su aspiradora la vasta superficie alfombrada de azul dispuesta en la abadía de Westminster para la coronación de Eduardo VII en 1901. Durante la primera guerra mundial, Booth recibió el encargo de trasladar varias de sus máquinas al Crystal Palace, el famoso pabellón construido para la Exposición de 1851 en Londres. Los hombres de la reserva naval acuartelados en el edificio caían enfermos y morían a causa del tifus exantemático, y los médicos, incapaces de atajar el contagio, sospechaban que los gérmenes eran inhalados junto con partículas de polvo.




LA ASPIRADORA PORTÁTIL

La aspiradora de H. Cecil Booth era un lujo del que sólo podían disponer los ricos, y su funcionamiento requería dos sirvientas. La idea de fabricar un modelo pequeño, portátil y manejable se le ocurrió a James Murray Spangler, un inventor de avanzada edad, sin éxitos en su haber y que padecía una alergia al polvo.

Su primera aspiradora, fabricada por él mismo, utilizaba un viejo motor de ventilador montado sobre una caja de jabón, cuyas grietas habían sido cerradas con cinta adhesiva. La bolsa de polvo era una funda de almohada. Spangler patentó este invento en la primavera de 1908.

martes, 12 de febrero de 2008




lampara rr 86

esta lampara fue realizada por jose alejandro jimenez estudiante de diseño industrial en su tercer semestre de universidad.

este fue un trabajo de modelos en el cual se buscaba experimentar con distintos materiales y formas para realizar una lampara


esta lampara fue hecha en cold roll, papel pergamino, acrilico y aluminio.

se pinto con pintura electrostatica de color azul para descontextuializar el material y dar un efecto de carton



























historia de las lamparas


Las primeras formas de lámpara eran palos ardientes o recipientes llenos de brasas. Luego se utilizaron para alumbrar antorchas de larga duración, formadas por haces de ramas o astillas de madera resinosa, atados y empapados en sebo o aceite para mejorar sus cualidades de combustión. Se desconoce el origen exacto de la lámpara de aceite, la primera lámpara auténtica, pero ya se empleaba de forma generalizada en Grecia en el siglo IV a.C. Las primeras lámparas de este tipo eran recipientes abiertos fabricados con piedra, arcilla, hueso o concha, en los que se quemaba sebo o aceite. Más tarde pasaron a ser depósitos de sebo o aceite parcialmente cerrados, con un pequeño agujero en el que se colocaba una mecha de lino o algodón. El combustible ascendía por la mecha por acción capilar y ardía en el extremo de la misma. Este tipo de lamparilla también se denomina candil. Algunas lámparas grandes griegas y romanas tenían numerosas mechas para dar una luz más brillante. En la Europa septentrional la forma de lámpara más común era una vasija abierta de piedra llena de sebo, en la que se introducía una mecha. Los inuit (esquimales) aún emplean lámparas de ese tipo.
Lámparas modernas
En el siglo XVIII se produjo un gran avance en las lámparas cuando las mechas redondas fueron sustituidas por mechas planas, que proporcionaban una llama mayor. El químico suizo Aimé Argand inventó una lámpara que empleaba una mecha tubular encerrada entre dos cilindros metálicos, alimentada a petroleo. El cilindro interior se extendía hasta más abajo del depósito de combustible y proporcionaba un tiro interno. Argand también descubrió el principio del quinqué, en el que un tubo de vidrio mejora el tiro de la lámpara y hace que arda con más brillo y no produzca humo, además de proteger la llama del viento. El tiro cilíndrico interior se adaptó después para utilizarlo en lámparas de gas inventadas por Lebon..
Después de que se introdujera el gas del alumbrado a principios del siglo XIX este combustible empezó a usarse para la iluminación de las ciudades. Se empleaban tres tipos de lámpara de gas: el quemador de tipo Argand, los quemadores de abanico, en los que el gas salía de una rendija o de un par de agujeros en el extremo del quemador y ardía formando una llama plana, y la lámpara de gas incandescente, en la que la llama de gas calentaba una redecilla muy fina de óxido de torio (llamada camisa) hasta el rojo blanco. En los lugares a los que no llegaba el suministro de gas se seguían empleando quinqués de aceite. Hasta mediados del siglo XIX el principal combustible para esas lámparas era el aceite de ballena. Dicho material fue completamente sustituido por el queroseno, que tenía la ventaja de ser limpio, barato y seguro. En 1852 aparece el mechero Bunsen, inventado por el quimico aleman Robert W. Bunsen (1811-1899), que habría de provocar el invento del quimico austríaco Karl Auer (1858-181929) y en 1855 construye el estadounidense N. Silliam una lámpara de petroleo que, a causa de la baratura de éste, hizo bajar el precio del alumbrado por gas, que por aquel entonces comenzaba a sufrir la competencia de la luz electrica. En 1878 Edizon perfeccionaria un sistema que venia de 1813, la luz electrica, inventando la lamparita o bombilla incandecente, que llevó la luz, cómoda, limpia y barata, hasta los hogares más modestos.
A finales del siglo XIX, ambas formas de iluminación dieron paso a las lámparas eléctricas incandescentes y fluorescentes. En algunas zonas rurales siguen empleándose de forma limitada lámparas de queroseno o lámparas de gas incandescente
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